Resonancia de hombro y manguito rotador: ¿lesión o envejecimiento?

Escrito por Karin Kopitoski

El estudio FIMAGE (Finnish Imaging of Shoulder Study), publicado en JAMA Internal Medicine, tuvo un objetivo muy concreto y clínicamente relevante: estimar la prevalencia real de alteraciones del manguito rotador en la población general y analizar su asociación con síntomas de hombro.

Se trata de un estudio transversal poblacional basado en una cohorte nacional finlandesa representativa (Health 2000). Los investigadores seleccionaron adultos de entre 41 y 76 años y finalmente incluyeron 602 participantes que completaron una evaluación clínica estandarizada, cuestionarios de síntomas y de función, y resonancia magnética bilateral de los hombros con equipos de alta resolución (3 Tesla). Los radiólogos que analizaron las imágenes estaban cegados a la información clínica, lo que refuerza la validez interna del estudio.

Las imágenes se clasificaron en cuatro categorías jerárquicas: tendón normal, tendinopatía, desgarro parcial y desgarro completo. Se consideró “anormalidad” la presencia de cualquiera de las tres últimas categorías y, para cada persona, se tomó como referencia el hombro con el hallazgo más severo.

Los resultados fueron contundentes. El 98,7% de los participantes presentó al menos una alteración estructural en un hombro. Solo siete personas en toda la muestra tuvieron ambos hombros normales. La alteración más frecuente fue el desgarro parcial (62%), seguida de la tendinopatía (25%) y el desgarro completo (11%). La prevalencia y la severidad aumentaron progresivamente con la edad: no se observaron desgarros completos en menores de 45 años, mientras que en mayores de 70 años la cifra se acercó al 30%. No hubo diferencias relevantes entre hombres y mujeres.

El punto central del estudio fue analizar la relación entre estos hallazgos y los síntomas. En la semana previa a la evaluación, el 18% de los participantes reportó dolor de hombro. Cuando se analizaron los hombros individualmente, el 96% de los hombros asintomáticos presentaba alteraciones en la resonancia, frente al 98% de los hombros sintomáticos. En términos prácticos, la resonancia no logró discriminar entre hombros que dolían y los que no.

En el análisis crudo, los desgarros completos parecían algo más frecuentes en los hombros con dolor (14,6% versus 6,5%). Sin embargo, al ajustar por edad, sexo, hallazgos en el examen clínico y otras alteraciones estructurales concomitantes, esa diferencia dejó de ser estadísticamente significativa. Además, la mayoría de los desgarros completos se encontró en personas sin síntomas y varios participantes presentaban desgarros completos bilaterales sin dolor.

Los autores concluyen que las alteraciones del manguito rotador son casi universales a partir de los 40 años y presentan una pobre concordancia con los síntomas. En este contexto, muchas de estas alteraciones probablemente representen cambios relacionados con la edad más que enfermedad clínicamente relevante.

El editorial que acompaña el estudio en JAMA Internal Medicine pone el foco en algo muy actual: los informes radiológicos hoy llegan directamente al paciente a través de portales electrónicos. Y el lenguaje importa.

“Desgarro.”
“Degeneración.”
“Tendinosis.”

Son términos técnicamente correctos. Pero no son neutros. Para el paciente, “desgarro” equivale a daño. Y el daño implica algo que debe repararse.

Pero si el 96% de los hombros que no duelen también presentan estas alteraciones, la pregunta cambia: ¿estamos ante enfermedad o ante envejecimiento?

Cuando la probabilidad basal de encontrar una alteración se acerca al 100%, el hallazgo pierde poder explicativo. No es que la resonancia esté equivocada; está mostrando lo que hay. El problema surge cuando asumimos que lo visible explica el síntoma.

Ahí comienza la cascada: imagen, etiqueta estructural, ansiedad, derivación, infiltración, cirugía. Los registros muestran que las reparaciones del manguito rotador han aumentado en distintos países en paralelo al uso creciente de la resonancia. No se trata de demonizar la cirugía, sino de cuestionar la causalidad automática.

Este estudio dialoga directamente con la prevención cuaternaria. Si no distinguimos entre cambios relacionados con la edad y los cambios clínicamente relevantes por enfermedad, corremos el riesgo de medicalizar procesos biológicos universales. El sobrediagnóstico no es inocuo: genera ansiedad, expone a intervenciones innecesarias y consume recursos.

La evidencia muestra que, en ausencia de trauma agudo, la mayoría de los cuadros de dolor de hombro mejoran con tratamiento conservador: modificación de actividades, analgesia y fisioterapia. La resonancia puede confirmar y ayudar a planificar una cirugía, pero no debería ser el punto de partida ni el criterio principal de la indicación.

Y aquí surge la cuestión de fondo: desimplementar no significa prohibir la resonancia. Significa redefinir su lugar.

Si no incorporamos esta evidencia a la práctica cotidiana, vamos a seguir “tratando”: tratando desgarros, tratando imágenes, tratando hallazgos estructurales. Pero no necesariamente tratando personas.

Cada vez vemos más. Cada vez con mayor definición. Pero ver más no significa entender mejor.

Y si no aprendemos a distinguir el envejecimiento de la enfermedad, vamos a seguir interviniendo en estructuras que casi todos tienen, creyendo que finalmente encontramos la causa.

Eso no es progreso.

Es la misma medicina de siempre, solo que con mayor resolución.

Referencias: Ibounig T, Järvinen TLN, Raatikainen S, Härkänen T, Sillanpää N, Bensch F, et al. Incidental rotator cuff abnormalities on magnetic resonance imaging. JAMA Internal Medicine. Published online February 16, 2026. doi:10.1001/jamainternmed.2025.7903. Garcia-Lopez E, Feeley BT. Magnetic resonance imaging abnormalities and incidental age-related changes. JAMA Internal Medicine. Published online February 16, 2026. doi:10.1001/jamainternmed.2025.7910.

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