Escrito por Karin Kopitowski
En los últimos años, el cannabis medicinal pasó de ser una alternativa marginal a convertirse en una opción que muchos pacientes con dolor neuropático crónico consultan activamente en la consulta. Las expectativas suelen ser altas, alimentadas por testimonios, experiencias aisladas y una percepción social de “tratamiento natural y seguro”. Frente a este escenario, la actualización de 2026 de la revisión de Cochrane ofrece un marco sólido para volver a una pregunta básica pero central: ¿cuánto ayuda realmente y a qué costo?
La revisión, titulada Cannabis-based medicines for chronic neuropathic pain in adults (CD012182, pub3), incluye ensayos clínicos aleatorizados y doble ciego, con seguimiento de entre 2 y 26 semanas y una búsqueda bibliográfica actualizada hasta el 29 de enero de 2025. Analiza distintas formulaciones: combinaciones de THC/CBD (principalmente en spray oromucoso), cannabinoides tipo THC como nabilona o dronabinol, cannabis inhalado y productos dominantes en CBD, siempre comparados con placebo.
Un primer dato no menor es que muchos estudios excluyeron pacientes con comorbilidades frecuentes en atención primaria y tuvieron una duración corta, lo que ya limita la extrapolación a la práctica cotidiana.
¿Qué pasa con el alivio del dolor?
Cuando se miran los desenlaces que realmente importan —no sólo cambios promedio en escalas, sino también alivios clínicamente perceptibles—, los resultados son, como mínimo, sobrios.
En términos de alivio del dolor del 30% o más, alrededor del 33% de los pacientes que recibieron placebo lo lograron, frente a aproximadamente el 39% de quienes recibieron algún medicamento basado en cannabis. Esto implica una diferencia absoluta del orden del 6–9%, es decir, que habría que tratar a unas 11 personas para que una obtenga ese alivio gracias al cannabis. La propia revisión señala que este efecto es pequeño y probablemente no clínicamente relevante, y que además se sustenta en evidencia de baja certeza.
Cuando el umbral se eleva en un alivio del 50% o más, lo que suele asociarse con un impacto claro en la calidad de vida, la evidencia es todavía más débil. En este caso, los estudios no muestran una diferencia consistente frente al placebo y los intervalos de confianza incluyen tanto la posibilidad de beneficio como la de ausencia de efecto. En otras palabras, no podemos afirmar que el cannabis logre alivios significativos del dolor neuropático de manera confiable.
Algo similar ocurre con la impresión global de mejoría del paciente (“me siento mucho o muy mucho mejor”). Con las formulaciones combinadas THC/CBD, se observa una leve señal a favor, pero, nuevamente, el tamaño del efecto es modesto y la incertidumbre es elevada.
El otro lado de la balanza: los efectos adversos
A diferencia de la eficacia, los datos sobre efectos adversos son mucho más claros —y clínicamente relevantes—.
Los efectos adversos neurológicos (mareos, somnolencia, sensación de embotamiento, alteraciones cognitivas) fueron reportados por aproximadamente el 29% de los pacientes del grupo placebo, pero por alrededor del 61% de quienes recibieron cannabis. Esto representa una diferencia absoluta cercana al 30%, lo que se traduce en que por cada 3 pacientes tratados, uno presenta un efecto neurológico atribuible al cannabis.
Además, el abandono del tratamiento por efectos adversos también fue más frecuente: cerca del 5% con placebo frente a 10% con cannabis. Aunque este número pueda parecer menor, es relevante en tratamientos crónicos y en poblaciones donde el riesgo de caídas, confusión o interferencia con la funcionalidad diaria no es trivial.
En cuanto a los eventos adversos graves, la revisión concluye que los datos son insuficientes e imprecisos para extraer conclusiones firmes. El seguimiento corto de los estudios impide, además, evaluar adecuadamente la seguridad a largo plazo.
¿Cómo traducimos todo esto a la consulta?
Visto en conjunto, el mensaje es bastante consistente: el beneficio absoluto del cannabis en el dolor neuropático crónico es pequeño e incierto, mientras que los efectos adversos, especialmente los neurológicos, son frecuentes. El balance beneficio–daño, al menos con la evidencia actual, no favorece su uso rutinario.
Dicho en términos sencillos para compartir con pacientes:
“En los mejores estudios disponibles, el cannabis puede ayudar un poco a algunas personas, pero la mejoría suele ser limitada. En cambio, los mareos y otros efectos secundarios son comunes. Por eso, no es un tratamiento que hoy podamos recomendar de rutina.”
Sí, a pesar de esto, se decide avanzar —por preferencias del paciente o tras el fracaso de opciones convencionales—, la revisión refuerza la necesidad de hacerlo dentro de una toma de decisiones compartida real: plantear un ensayo terapéutico acotado, con objetivos claros (función, sueño, calidad de vida, no sólo el puntaje de dolor), criterios explícitos de suspensión y una reevaluación temprana.
Mensaje final del Radar
En el dolor neuropático crónico, el cannabis medicinal no confirma las expectativas que muchas veces lo rodean. La evidencia muestra beneficios modestos y una relevancia clínica dudosa, a costa de efectos adversos frecuentes, con muchas preguntas aún abiertas sobre su seguridad a largo plazo.
Más que entusiasmo terapéutico, lo que este escenario pide es prudencia, honestidad y decisiones compartidas bien informadas.
Referencias: Mücke M, Phillips T, Radbruch L, Petzke F, Häuser W. Cannabis-based medicines for chronic neuropathic pain in adults. Cochrane Database Syst Rev. 2025;1:CD012182. Update 2026. doi:10.1002/14651858.CD012182.pub3.
![]()


