Cannabis para el dolor crónico: cuando la evidencia baja el volumen del entusiasmo

Escrito por Karin Kopitowski

Una revisión sistemática en Annals of Internal Medicine ordena el debate: reducciones de dolor pequeñas (del orden de medio punto en una escala de 0 a 10), ausencia de mejoras funcionales y efectos adversos frecuentes. El cannabis no es una panacea y el CBD no es eficaz para el dolor crónico.

El uso de cannabis para el tratamiento del dolor crónico ocupa un lugar cada vez más visible en la conversación pública y clínica. Sin embargo, la discusión suele estar dominada por expectativas, testimonios y posiciones ideológicas más que por una lectura cuidadosa de la evidencia. En diciembre de 2025 se publicó la actualización final de la revisión sistemática viva encargada por la Agency for Healthcare Research and Quality (AHRQ), que resume cinco años de ensayos clínicos aleatorizados sobre productos de origen cannabinoido para el dolor crónico. Es probablemente el mejor punto de apoyo hoy para ordenar el debate desde la medicina basada en la evidencia.

La revisión incluyó 25 ensayos clínicos controlados con placebo, con 2.303 pacientes, seguidos durante períodos cortos —entre uno y seis meses— y, en casi dos tercios de los casos, con dolor neuropático. Un aporte central del trabajo es que no analiza el “cannabis” como una entidad única, sino que distingue los productos según la proporción de THC y CBD, su origen y la vía de administración. Esta distinción no es un detalle técnico: es clave para interpretar correctamente los resultados.

Al revisar los datos, algunos productos que contienen THC —ya sea solo o en proporciones similares a las de CBD— muestran una reducción estadísticamente significativa del dolor a corto plazo. Sin embargo, la magnitud de ese efecto es pequeña: del orden de 0,5 a 0,8 puntos en una escala de 0 a 10. En términos clínicos, esto significa que, en promedio, el dolor disminuye menos de un punto, un cambio que muchos pacientes apenas perciben.

Más importante aún, esa reducción modesta del dolor no se traduce en mejoras significativas de la función. Incluso en el grupo mejor estudiado —el spray oromucoso THC/CBD (nabiximols)— la mejoría funcional fue de alrededor de 0,4 puntos en una escala de 0 a 10, es decir, por debajo incluso del umbral que los propios autores consideran un “efecto pequeño”.

Cuando el análisis se centra en un desenlace más clínicamente intuitivo —cuántos pacientes logran una mejoría importante del dolor—, los resultados tampoco acompañan. En los ensayos con mejor evidencia, aproximadamente el 38% de los pacientes tratados alcanzaron una reducción del dolor del 30% o más, frente al 31% con placebo, una diferencia que no fue estadísticamente significativa. En otras palabras, el cannabis no logró aumentar de manera clara la proporción de “respondedores clínicos”.

La revisión también permite desmontar uno de los mitos más difundidos en la práctica cotidiana: el CBD no demostró eficacia en el tratamiento del dolor crónico. Los ensayos que evaluaron productos con bajo contenido de THC o de CBD aislado no encontraron beneficios ni en el dolor ni en la función, con diferencias cercanas a cero y, en algunos casos, ligeramente a favor del placebo.

Del otro lado de la balanza aparecen los daños. Los productos que contienen THC se asociaron de forma consistente con eventos adversos frecuentes. Por ejemplo, los mareos ocurrieron en alrededor del 30% de los pacientes tratados, frente a menos del 10% con placebo; la sedación y las náuseas también fueron claramente más frecuentes. No se trata de efectos raros, sino de eventos que pueden interferir de manera significativa con la vida diaria, sobre todo cuando el beneficio analgésico es limitado.

Desde la perspectiva de la medicina basada en la evidencia, hay un punto crítico que conviene explicitar. En el dolor crónico, suele considerarse que una diferencia clínicamente importante implica una reducción de alrededor de 2 puntos en la escala de 0 a 10 o, alternativamente, una mejoría del 30% o más. Los efectos observados en esta revisión —reducciones promedio de medio punto— no alcanzan de manera consistente esos umbrales. Hay significación estadística, pero no una diferencia clínicamente relevante para la mayoría de los pacientes.

A esto se suma una limitación estructural del cuerpo de evidencia: prácticamente no hay datos sobre el uso a largo plazo ni sobre eventos adversos poco frecuentes pero graves, como la psicosis o los trastornos por consumo. Tampoco está claro hasta qué punto estos resultados son extrapolables a los productos disponibles en la práctica real, que muchas veces difieren de los evaluados en los ensayos.

¿Dónde nos deja todo esto? El cannabis no es ni una panacea ni un placebo absoluto. Puede ofrecer un alivio leve y transitorio del dolor en algunos pacientes con dolor neuropático, pero no mejora la función, se asocia con efectos adversos frecuentes y carece de evidencia sólida a largo plazo. El CBD, en particular, no ha demostrado eficacia en el dolor crónico.

El mensaje para la práctica clínica debería ser sobrio y honesto. El cannabis puede considerarse, en casos muy seleccionados, como una opción marginal, siempre en el marco de una decisión compartida, con expectativas realistas y una discusión explícita sobre la magnitud limitada del beneficio y los posibles daños. Prometer más que eso no está respaldado por la evidencia disponible hoy.

Referencias: Chou R, Fu R, Ahmed AY, Morasco BJ. Cannabis-Based Products for Chronic Pain: An Updated Systematic Review. Annals of Internal Medicine. Publicado online 23 de diciembre de 2025. doi:10.7326/ANNALS-25-03152.

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