Escrito por Karin Kopitowski
En el mismo número de JAMA Internal Medicine (16 de febrero de 2026) se publican dos trabajos que dialogan entre sí. Por un lado, una Research Letter que mide las preferencias del público sobre las estatinas utilizando el concepto de smallest worthwhile difference (SWD) (1). Por otro lado, un editorial que reflexiona sobre la brecha entre las recomendaciones de las guías y lo que las personas están dispuestas a aceptar (2).
Leídos juntos, plantean una pregunta incómoda y necesaria: ¿el beneficio que ofrecemos coincide con el que las personas consideran suficiente?
El estudio: medir cuánto beneficio es “suficiente”
Luo y colaboradores encuestaron a personas de Estados Unidos y Japón, de 40 a 75 años, sin uso previo de estatinas (1). Utilizaron un método de intercambio beneficio-daño y presentaron escenarios hipotéticos de riesgo cardiovascular a los 10 años (2%, 10% y 20%).
La pregunta no fue simplemente “¿Tomaría estatinas?”, sino algo más fino: ¿cuál es la reducción absoluta mínima de riesgo que justificaría iniciar el tratamiento, considerando efectos adversos, costos e inconvenientes?
Ese umbral es la smallest worthwhile difference: la reducción absoluta mínima que hace que el tratamiento “valga la pena” para quien lo recibe.
Los resultados fueron elocuentes.
Con un riesgo basal de 2%, la mayoría rechazó estatinas incluso si el riesgo pudiera reducirse a 0%.
Con un riesgo basal de 10%, la mediana de reducción absoluta exigida fue de 7,5%.
Con un riesgo del 20%, la mediana fue del 10% en Estados Unidos y del 12,5% en Japón.
Sin embargo, la eficacia real de las estatinas implica una reducción relativa aproximada del 25%, lo que se traduce en reducciones absolutas bastante menores en esos escenarios (3,4). En términos prácticos, menos de un tercio de los participantes estaría dispuesto a iniciar estatinas con la magnitud de beneficio que efectivamente ofrecen, incluso en niveles de riesgo que las guías consideran indicación razonable de tratamiento (3,5).
Existe, por lo tanto, una diferencia concreta entre lo que las guías recomiendan y lo que muchas personas consideran suficiente.
El editorial: la brecha entre guías y preferencias
El editorial que acompaña el trabajo subraya esta tensión (2). Las guías establecen umbrales de tratamiento basados en el equilibrio experto entre beneficios y daños (3,5). Pero los pacientes no necesariamente toman decisiones bajo esa misma lógica técnica.
Algunos están dispuestos a aceptar cualquier beneficio, por pequeño que sea. Otros no aceptarían el tratamiento, aunque el efecto fuera considerable. Y las guías, aunque mencionan la toma de decisiones compartida, ofrecen escasa orientación práctica sobre cómo comunicar riesgos absolutos y explorar preferencias reales.
A medida que los umbrales de riesgo tienden a descender —3%, 5%, 7,5%—, las poblaciones candidatas a estatinas se amplían (6). Pero el beneficio absoluto individual disminuye. El estudio de Luo sugiere que esa expansión puede avanzar más rápido que las preferencias de la población.
Esto no es nuevo: antecedentes en la literatura
Este trabajo no aparece en el vacío. Ya se había documentado la heterogeneidad en las preferencias frente a la prevención farmacológica. Brodney y colaboradores mostraron que, incluso entre personas elegibles para estatinas según las guías, una proporción sustancial no estaba dispuesta a iniciar tratamiento tras recibir información cuantitativa sobre beneficios y riesgos (7).
El ensayo “Statin Choice”, liderado por Montori y colegas, demostró que comunicar riesgos absolutos con ayudas visuales mejora la comprensión y la calidad de la decisión, aunque no necesariamente incrementa la aceptación del tratamiento (8).
Además, la literatura clásica sobre comunicación de riesgo —incluidos los trabajos de Schwartz y Woloshin— evidenció que presentar resultados como reducción relativa frente a reducción absoluta modifica sustancialmente la percepción del beneficio (9). La forma en que comunicamos importa, y mucho.
En ese contexto, el aporte de Luo no consiste en descubrir una discrepancia inesperada, sino en cuantificar con mayor precisión cuánto beneficio consideran suficiente las personas antes de aceptar la medicalización preventiva.
Mi lectura
Este estudio no cuestiona que las estatinas funcionen. Sabemos que reducen eventos cardiovasculares. La cuestión es otra.
La pregunta que emerge es cuánto beneficio es suficiente para alguien que va a tomar una medicación durante décadas, sin síntomas, con efectos adversos posibles y con una promesa probabilística de reducción de riesgo futuro.
Lo que aparece aquí no es simplemente un problema de información incompleta ni de falta de adherencia. Es una diferencia legítima en los umbrales de beneficio considerados razonables.
Las guías trabajan con promedios poblacionales. Las decisiones se toman en historias individuales. Entre ambos planos puede abrirse una brecha.
Si la expansión de umbrales de riesgo no se acompaña de una conversación real sobre cuánto beneficio vale la pena para esa persona concreta, corremos el riesgo de transformar una recomendación basada en evidencia en una norma culturalmente incuestionada.
Tal vez la discusión ya no sea si las estatinas funcionan, sino cuánto beneficio justifica la medicalización preventiva de alguien. Y esa respuesta no puede darla solo una calculadora de riesgo.
Ahí es donde la toma de decisiones compartida deja de ser un eslogan y se convierte en una necesidad ética.
Referencias: 1. Luo Y, Kawakami H, Funada S, et al. Measuring public preferences for statin therapy using the smallest worthwhile difference. JAMA Intern Med. 2026; doi:10.1001/jamainternmed.2025.7958. 2. Richman IB, Hung A, Anderson TS. Statins for primary prevention—The gap between guidelines and patient preferences. JAMA Intern Med. 2026; doi:10.1001/jamainternmed.2025.7955. 3. Grundy SM, Stone NJ, Bailey AL, et al. 2018 AHA/ACC guideline on the management of blood cholesterol. Circulation. 2019;139:e1082–e1143. 4. Cholesterol Treatment Trialists’ (CTT) Collaboration. Efficacy and safety of LDL-lowering therapy. Lancet. 2010;376:1670–1681. 5. Mangione CM, Barry MJ, Nicholson WK, et al. Statin use for the primary prevention of cardiovascular disease in adults: US Preventive Services Task Force recommendation statement. JAMA. 2022;328(8):746–753. 6. Khan SS, Lloyd-Jones DM. Statins for primary prevention of cardiovascular disease—With PREVENT, what’s a clinician to do? JAMA. 2024;332(12):961–962. 7. Brodney S, Valentine KD, Sepucha K, Fowler FJ Jr, Barry MJ. Patient preference distribution for use of statin therapy. JAMA Netw Open. 2021;4(3):e210661. 8. Weymiller AJ, Montori VM, Jones LA, et al. Helping patients with type 2 diabetes mellitus make treatment decisions: a randomized trial of statin choice. Arch Intern Med. 2007;167(10):1076–1082. 9. Schwartz LM, Woloshin S, Black WC, Welch HG. The role of numeracy in understanding the benefit of screening mammography. Ann Intern Med. 1997;127:966–972.
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