Escrito por Karin Kopitowski
El brote de hantavirus asociado al crucero MV Hondius volvió a poner en agenda una infección que suele aparecer muy poco en la conversación pública, pero que despierta enorme alarma cuando se asocia a cuadros graves y posibilidad de transmisión entre personas. La noticia impacta: ya se confirmaron varias infecciones, hubo tres fallecidos y las autoridades investigan si ocurrió transmisión persona a persona a bordo.
Pero, como suele pasar en medicina, detrás de los titulares hay muchos matices importantes.
Primero: “hantavirus” no es una sola enfermedad ni un único virus. Es un grupo de virus ARN de la familia Hantaviridae, transmitidos habitualmente por roedores. La vía clásica de contagio es la inhalación de partículas provenientes de orina, saliva o materia fecal de roedores infectados.
Existen dos grandes síndromes clínicos. El más frecuente en Asia y Europa es la fiebre hemorrágica con síndrome renal (HFRS), mientras que en América predomina el síndrome cardiopulmonar por hantavirus (HCPS o HPS), mucho más grave desde el punto de vista respiratorio y hemodinámico.
Lo que hace particularmente relevante este episodio es que el brote estaría vinculado a la variante Andes, la cepa sudamericana que sí tiene capacidad —aunque infrecuente— de transmitirse entre personas. Esto es importante porque la enorme mayoría de los hantavirus NO tienen transmisión interhumana significativa. La cepa Andes es la gran excepción epidemiológica y es especialmente conocida en Argentina y Chile.
Para quienes trabajamos en Argentina, esto no es un detalle menor. Nuestro país ya tuvo experiencias importantes con hantavirus Andes y sabemos que el contagio persona a persona suele requerir contacto estrecho y prolongado, generalmente intrafamiliar o convivencial. No se comporta como un virus respiratorio de alta transmisibilidad tipo influenza o SARS-CoV-2. Ese punto es central para evitar interpretaciones alarmistas.
Los síntomas iniciales son muy inespecíficos: fiebre alta, cefalea, dolores musculares, vómitos, diarrea, lumbalgia. El problema es que, en los casos graves, la progresión puede ser rápida hacia insuficiencia respiratoria, edema pulmonar, shock y muerte.
Y acá aparece otro dato importante: la letalidad. El artículo recuerda que el síndrome cardiopulmonar por hantavirus puede alcanzar mortalidades de hasta 50%, dependiendo de la variante y del acceso a cuidados críticos. Eso explica por qué, aun tratándose de una infección infrecuente, genera tanta preocupación sanitaria.
Sin embargo, también es importante poner el riesgo en contexto. La OMS actualmente considera que el riesgo para la población general es bajo y no recomienda restricciones de viajes ni de comercio. Los expertos consultados coinciden en que, aunque pueden aparecer casos aislados adicionales durante el período de incubación, es muy improbable un brote de gran escala en Europa.
Otro punto relevante es que no existen vacunas aprobadas globalmente ni antivirales específicos de eficacia demostrada para la mayoría de los casos. El tratamiento sigue siendo fundamentalmente de soporte intensivo: monitoreo cardiorrespiratorio, ventilación mecánica, soporte hemodinámico y eventualmente ECMO o reemplazo renal. La ribavirina mostró algún beneficio en fases tempranas de ciertas formas renales, pero no cambia sustancialmente el panorama del síndrome cardiopulmonar grave.
Quizás una de las cuestiones más interesantes desde el punto de vista médico y comunicacional es cómo evitar dos extremos muy frecuentes: minimizar el problema (“es rarísimo, no importa”) o sobredimensionarlo generando miedo desproporcionado. El hantavirus Andes merece ser tomado seriamente, especialmente en regiones endémicas de Sudamérica. Pero también es cierto que sigue siendo una infección poco frecuente y que la transmisión interpersonal sostenida es excepcional.
Como ocurre muchas veces en infectología, el desafío no es sólo clínico. También es narrativo: cómo comunicar riesgo real sin caer ni en el alarmismo ni en la banalización.
Referencias: Lang K. Hantavirus: What you need to know. BMJ. 2026;393:s877. doi:10.1136/bmj.s877
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