Bronquiolitis: menos medicamentos, más seguimiento clínico

En la práctica del médico generalista o de familia, las consultas por bronquiolitis suelen estar atravesadas por la ansiedad que la propia familia trae a la consulta. Cuando un lactante presenta mocos, tos y dificultad para alimentarse, y los padres perciben que el niño ‘respira raro’, esa angustia familiar genera una expectativa de intervención inmediata que muchas veces termina empujando al profesional a sobreactuar: pedir estudios complementarios innecesarios o indicar tratamientos de más (por ejemplo, agregar un antibiótico).»

Sin embargo, lo fundamental del tratamiento en la bronquiolitis típica no es hallar el fármaco correcto, sino reconocer la gravedad del cuadro, asegurar una adecuada hidratación, aliviar la obstrucción nasal, explicar la evolución esperable y detectar a tiempo los signos de alarma. La mayoría de los casos son leves o moderados y pueden manejarse en forma ambulatoria, con control clínico y una buena educación familiar.

¿Qué dice la evidencia?

La bronquiolitis aguda es una infección viral de la vía aérea baja que afecta principalmente a los lactantes menores de 2 años, especialmente durante el primer año de vida. Se caracteriza por la inflamación, edema y acumulación de moco en los bronquiolos, lo que provoca obstrucción al flujo de aire y dificultad respiratoria. La causa más frecuente es el virus sincitial respiratorio, aunque también puede estar producida por otros virus. Suele comenzar con síntomas de vía aérea superior (rinorrea, congestión, tos) y luego puede progresar a taquipnea, sibilancias, crepitantes y aumento del trabajo respiratorio. El diagnóstico es fundamentalmente clínico y no requiere, en los cuadros típicos, de estudios complementarios. Para el tratamiento se utilizan medidas de sostén que incluyen: asegurar una adecuada hidratación, facilitar la alimentación, mantener la vía aérea superior lo más despejada posible, controlar la fiebre (si genera malestar), evitar irritantes ambientales (en especial el humo de tabaco) y definir si el niño o niña puede regresar a su domicilio o requiere observación.

En una bronquiolitis típica, las guías actuales no recomiendan el uso de estudios complementarios como la radiografía de tórax ya que no mejoran la toma de decisiones y, en ocasiones, pueden aumentar la indicación innecesaria de antibióticos por la presencia de hallazgos inespecíficos que pueden simular una neumonía. Tampoco recomiendan realizar paneles virales de rutina; estos podrían considerarse solo si el resultado cambia una conducta concreta, por ejemplo, en pacientes inmunocomprometidos, indicación de antiviral para influenza o situaciones definidas por vigilancia epidemiológica local.

La oximetría de pulso, si está disponible, puede ayudar a estratificar el riesgo, pero no reemplaza al juicio clínico. Una saturación persistentemente baja obliga a reevaluar el cuadro; un valor aislado, en cambio, sin esfuerzo muscular respiratorio ni deterioro general, puede sobrediagnosticar hipoxemia y motivar derivaciones innecesarias. En el ámbito ambulatorio, lo que importa es la saturación sostenida en aire ambiente, interpretada junto con la edad, comorbilidades, alimentación, hidratación y aspecto general.

En cuanto al tratamiento, la evidencia científica es contundente en no recomendar broncodilatadores, adrenalina nebulizada, solución salina hipertónica, corticoides ni antibióticos de forma rutinaria. Está demostrado que estas prácticas no modifican significativamente la evolución clínica del lactante y que pueden generar efectos adversos, sobretratamiento o uso inadecuado de recursos. 

El caso del salbutamol es particular y merece una aclaración práctica. En el primer episodio típico de bronquiolitis del lactante pequeño, no debería usarse de rutina. Sin embargo, podría considerarse una única prueba terapéutica en pacientes seleccionados, sobre todo niños mayores, con sibilancias prominentes, antecedentes personales o familiares de atopía o episodios previos similares. Si no hay una mejoría clínica objetiva (menor trabajo respiratorio, menor frecuencia respiratoria y/o mejor entrada de aire) no debería continuarse.

El uso de corticoides no debería ser una indicación de rutina porque no mejoran de manera relevante la evolución inmediata ni previenen las sibilancias posteriores luego de un primer episodio. La única indicación sería si se sospecha que el niño tiene una clínica compatible con hiperreactividad bronquial o asma; en ese caso, el diagnóstico debe replantearse y el manejo deja de ser el de una bronquiolitis típica.

Los antibióticos no están indicados en la bronquiolitis no complicada. Solo deberían considerarse si hay evidencia clínica de infección bacteriana asociada como otitis media aguda, neumonía bacteriana probable u otro foco documentado. 

La persistencia aislada de la tos no implica un fracaso terapéutico. Se define como tos aislada cuando la tos dura entre 2 a 3 semanas y el lactante mantiene buen estado general, hidratación adecuada y no empeora su esfuerzo muscular para respirar. En estos casos, no se recomienda el uso de antitusivos, descongestivos o medicación “para cortar la tos”. Por el contrario, una tos que llega a 4 semanas o más merece reevaluación diagnóstica. 

Bajada a la práctica: qué hacer en el consultorio

El primer paso a definir es si el lactante puede “manejarse” (realizar los cuidados) en su domicilio. Para eso, más que la auscultación pulmonar aislada, importa el cuadro clínico completo, es decir: edad, estado general, frecuencia respiratoria, tiraje, saturación (si está disponible), tolerancia oral, diuresis, apnea, comorbilidades y capacidad familiar para observar la evolución. En los lactantes que: son menores de 3 meses (especialmente menores de 6 semanas), prematuros, tienen cardiopatía congénita con repercusión, enfermedad pulmonar crónica, trastornos neuromusculares, inmunodeficiencia o dificultades sociales o geográficas para regresar a la consulta si empeoran, se debe tener un umbral más bajo para la observación en el lugar de atención antes de indicar el tratamiento en el domicilio. No significa que todos tengan que internarse, pero sí que el margen de seguridad ambulatorio es menor. 

Si el cuadro es leve, el lactante tiene buen estado general, la alimentación es aceptable y no presenta dificultad respiratoria significativa, el tratamiento puede hacerse en la casa. Las medidas más útiles son: 1) fraccionar las tomas de la leche, es decir, ofrecer pecho o fórmula en menor volumen y con mayor frecuencia, 2) realizar lavados nasales con solución fisiológica antes de alimentarlo y antes de dormir, 3) bajar la fiebre si genera malestar, 4) mantener un ambiente ventilado y 5) evitar el humo de tabaco. 

La alimentación es uno de los elementos que mejor permite monitorear el estado de los lactantes que se manejan en forma ambulatoria. En aquellos alimentados con mamadera, se puede estimar cuánto tomaron en las últimas 24 horas; en los que tienen lactancia materna, conviene preguntar si las tomas son más cortas, más frecuentes, más trabajosas o si el niño se cansa. Como regla práctica, es necesario reevaluar a un niño cuando tiene una ingesta menor al 50-75% de lo habitual, rechaza persistentemente el alimento y/o disminuye de forma clara la cantidad de pañales mojados. 

La aspiración nasal puede ser útil cuando la congestión interfiere con la alimentación o el sueño. No es necesaria una aspiración profunda ni repetida de manera agresiva porque puede irritar la mucosa y empeorar el edema. En la práctica, es conveniente enseñar una técnica suave, con solución fisiológica y aspiración superficial si hay secreciones visibles o si el niño no logra alimentarse por la obstrucción nasal.

Además de tener en cuenta la alimentación, existen otros signos de alarma que sirven para monitorear a los lactantes que se manejan en forma ambulatoria. La presencia de apnea, cianosis, quejido, aleteo nasal, tiraje progresivo, frecuencia respiratoria muy elevada, somnolencia marcada o empeoramiento del estado general obligan a realizar una consulta para reevaluación del lactante.

Explicar los motivos por los que debe volver a ser reevaluado un lactante es igual de importante que explicar la evolución esperada del cuadro. Esta última conducta disminuye la ansiedad de la familia y evita consultas reiteradas innecesarias. En la evolución de la bronquiolitis es habitual que el cuadro empeore durante los primeros días y que el pico de síntomas aparezca alrededor del día 3 al 5. Siempre antes del alta ambulatoria, es necesario hacer una “red de seguridad” explícita, es decir, comprobar que la familia entiende qué observar, cuándo y cómo consultar y a qué centro concurrir. En la bronquiolitis, la indicación más importante muchas veces no es un medicamento, sino una consigna clara y, en lo posible, escrita. 

Para llevar a la consulta

  • El diagnóstico de la bronquiolitis típica es clínico y no requiere de estudios complementarios (radiografía, laboratorio o panel viral).
  • El tratamiento consiste en medidas de sostén que incluyen: una adecuada hidratación, lavados nasales, alimentación fraccionada, control de la fiebre y vigilancia evolutiva.
  • No está recomendado utilizar de forma rutinaria medicaciones como salbutamol, corticoides, adrenalina nebulizada, solución hipertónica ni antibióticos ya que no modifican significativamente la evolución clínica y que pueden generar efectos adversos, sobretratamiento o uso inadecuado de recursos. 
  • La decisión sobre el manejo ambulatorio está dada por el conjunto clínico: edad, comorbilidades, trabajo respiratorio, tolerancia oral, diuresis, saturación (si está disponible) y capacidad familiar para controlar la evolución clínica. Los lactantes pequeños, prematuros o con enfermedad de base necesitan un umbral más bajo de reevaluación.
  • Para un manejo ambulatorio correcto se requiere que la familia conozca las señales de alarma para volver consultar (apnea, cianosis, quejido, aleteo nasal, tiraje progresivo, frecuencia respiratoria muy elevada, rechazo alimentario, ingesta menor al 50-75% de lo habitual, menos pañales mojados, somnolencia marcada o empeoramiento del estado general) y la evolución esperada del cuadro (evita la ansiedad familiar y las consultas innecesarias).

Cierre

La bronquiolitis nos recuerda una idea incómoda pero muy práctica: tratar bien no siempre significa medicar. En el consultorio, el mayor valor del médico generalista o de familia está en reconocer la gravedad del cuadro, evitar intervenciones innecesarias y  acompañar la evolución esperable y educar a la familia para volver a consultar a tiempo.

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