¡Buen día!
- Surfeando la IA: uso de leche de vaca en niños menores de un año
- Rastreo de cáncer de pulmón
- Estrés postraumático: una entidad frecuente y a veces inadvertida
- ¿Colchicina para los infartados?
Leer este correo te va a llevar poco más de 5 minutos.
Surfeando la IA: uso de leche de vaca en niños menores de un año
La inteligencia artificial (IA) se metió en la vida de los pacientes y de los médicos, y eso no está ni bien ni mal. Es así. El desafío ahora es surfearla lo mejor posible. A continuación, describimos una viñeta clínica para mostrar qué entendemos por surfear. Una paciente viene a vernos muy angustiada porque le está dando leche de vaca diluida a su hijo de ocho meses y una compañera de trabajo le dijo que eso era muy peligroso. Nuestra paciente buscó información en la IA que coincide con lo que le dijo su compañera y nos refiere que está muy enojada con la médica de su hijo porque fue ella quien le dijo que podía usar leche de vaca diluida. Ante esta situación, tomamos la decisión de validar la recomendación de la médica del niño, explicándole a la paciente que la leche de vaca diluida es una opción más dentro de las instancias en las que la lactancia materna ya no es deseada o es preciso suplementarla.
Ahora bien. Nuestra acción se debió a cuatro causas: 1) En términos generales, intentamos validar las acciones de otros colegas, 2) Siempre que podemos, intentamos no asustar con la medicina, 3) Hacemos todo lo posible para que los padres se sientan “suficientemente buenos” (concepto elaborado por el pediatra inglés Donald Winnicott a mediados del siglo pasado) y 4) Sabemos que la leche de vaca diluida puede usarse sin ningún problema en los niños menores de un año.
Sin embargo, nos quedó la duda de cómo surgió esta idea de “peligro” en la información que nuestra paciente obtuvo de la IA y, al reproducirla, casi nos asustamos nosotros también, pero pudimos surfearla. Surfear la IA es, entonces, un nuevo dispositivo técnico que los médicos necesitamos incorporar a nuestra práctica. Compartimos con los interesados este divertido diálogo que tuvimos con la IA, en el que se puede apreciar cómo surfeamos la ola. También aprovechamos para compartir un texto en el cual la leche de vaca es una opción más a la hora de preparar el biberón en los niños menores de un año.
Rastreo de cáncer de pulmón
Los médicos solemos ser bastante “hinchas” con nuestros pacientes fumadores de tabaco y, siempre que podemos, les aconsejamos que dejen de fumar. Todo el mundo, a esta altura, sabe que el tabaquismo aumenta el riesgo de muchas enfermedades. Con relación al cáncer de pulmón, hay muchas personas que no quieren/pueden dejar de fumar, pero que nos preguntan si pueden hacerse algún estudio para “ver si hay algo”. Hasta hace algunos años, la respuesta era: no. Sin embargo, con el avance de los tratamientos y las imágenes, la ciencia ha logrado demostrar que si a los tabaquistas se los incluye en un “programa de rastreo” puede disminuirse la mortalidad específica por cáncer de pulmón en un 20%.
El rastreo se realiza anualmente mediante una tomografía de tórax de baja dosis (TCBD) y los pacientes que pueden beneficiarse son aquellos que tienen entre 50 y 80 años de edad y fumaron un atado (20 cigarrillos) por día durante al menos 20 años (pueden estar fumando ahora o haber dejado de fumar hace no más de 15 años). Se aconseja que el rastreo se acompañe del ofrecimiento de un programa para dejar de fumar. El rastreo se considera positivo cuando se encuentra un nódulo pulmonar sólido con un diámetro mayor o igual a 6 mm de diámetro (o mayor o igual a 113 mm3) en la TCBD basal, o bien ante la presencia de un nuevo nódulo de 4 mm de diámetro en el rastreo anual.
Ahora bien. En la práctica, por el momento son pocas las instituciones (y médicos particulares) que se hayan lanzado a ofrecer el rastreo de cáncer de pulmón a todos los pacientes susceptibles. Y esto no está ni bien ni mal ya que se trata de una práctica compleja. Enunciamos aquí algunos aspectos de esta complejidad: 1) Suele haber falsos positivos de las imágenes, lo que implica, muchas veces, intervenciones quirúrgicas no sencillas, con potenciales complicaciones (¡en pacientes que se sienten bien!); 2) El seguimiento de cada caso requiere comunicación fehaciente entre el médico que solicitó el estudio, los médicos a cargo del informe de las imágenes y el equipo quirúrgico (recordar que el diagnóstico definitivo requiere anatomía patológica); 3) El tratamiento del cáncer incipiente puede implicar el uso de recursos de alta complejidad, tales como ciertos tipos de quimioterapia, que no están siempre disponibles en todas las instituciones; 4) La efectividad del programa de rastreo solamente está demostrada si el paciente realiza la TCBD en forma anual.
Los lectores interesados pueden leer este excelente artículo que da cuenta de la complejidad de este tema.
Estrés postraumático: una entidad frecuente y a veces inadvertida
Un hombre de 54 años consulta a su médica de cabecera por diversos síntomas que viene notando desde hace cuatro meses. Entre ellos destacan: parestesias en ambos miembros superiores, leve disnea de esfuerzo y dispepsia. La médica realiza un examen físico y solicita un laboratorio, un ecocardiograma y una ergometría, priorizando la disnea. Los estudios son normales salvo la ergometría, que es dudosa. Ante esto, solicita un eco estrés, que es negativo. Esto determina que la médica excluya, en principio, una cardiopatía y reasegura al paciente. Sin embargo, el paciente vuelve a consultar debido a la persistencia de los síntomas que, si bien no son muy molestos, conllevan angustia y preocupación e ideas de que puede tener algo grave.
La médica inicia, entonces, una charla en la que surge el relato de un evento traumático: hace seis meses al paciente se le incendió la cocina de su departamento y, desde entonces, no logra sacarse esas imágenes de encima, pese a que la cocina ya está restaurada. La médica le propone el diagnóstico de estrés post traumático, ofreciéndole su acompañamiento y un tratamiento farmacológico con paroxetina. Al cabo de dos meses, el paciente está asintomático y mucho más tranquilo.
Analizando lo que ocurrió en forma retrospectiva podemos ver en qué medida el diagnóstico de estrés postraumático suele pasar inadvertido. Esto ocurre debido a que muchos pacientes no refieren este antecedente y muchos médicos no indagan acerca de esta posibilidad. En este caso, la médica pudo hacer el diagnóstico e indicar un tratamiento adecuado sin mayores dificultades.
Recomendamos este texto para los lectores interesados en el tratamiento del estrés postraumático.
¿Colchicina para los infartados?
Una colega que está siempre al día con las novedades médicas reseñó recientemente un artículo científico, publicado en la prestigiosa biblioteca Cochrane, que demuestra que la colchicina es eficaz para disminuir el riesgo de sufrir nuevos eventos en los pacientes con enfermedad cardiovascular que ya reciben estatinas y aspirina. El artículo demuestra que si se indican 0.5 mg de colchicina por día se puede evitar un infarto o un accidente cerebrovascular cada 40 pacientes tratados durante dos años y medio. Esta es una excelente noticia ya que se trata de una droga buena, bonita y barata, que hasta ahora se utilizaba solamente como antiinflamatorio en algunos pacientes con gota y que ahora puede encontrar una nueva utilidad y ser prescripta fácilmente por cualquier médico. En esta línea, vale la pena mencionar que la ciencia intuye, cada vez con mayor énfasis, que la enfermedad cardiovascular tiene una relación directa con la inflamación. Por otra parte, la colchicina utilizada a estas dosis no tiene efectos adversos de importancia (se reportaron solamente efectos gastrointestinales leves, sobre todo diarrea o molestias digestivas, generalmente transitorios).
A los médicos que nos ocupamos de pacientes con enfermedad cardiovascular establecida nos gusta ayudarlos a evitar que la enfermedad progrese. Para ello, intentamos que no fumen, realicen actividad física y tengan un buen control de su presión arterial y su glucemia. Además, les recomendamos que tomen estatinas y aspirina. En estos últimos años, la “presión” farmacológica para el manejo de estos pacientes, especialmente cuando tienen diabetes y/u obesidad, ha venido sobre todo por el lado de los péptidos similares al glucagón (semaglutide, liraglutide) y las gliflozinas (dapa, empa y cana), todas ellas drogas “nuevas y caras”. Ahora bien, mañana, cuando veamos a nuestro primer paciente con enfermedad cardiovascular establecida, ¿le vamos a ofrecer agregar al “combo” de fármacos que ya toma esta vieja droga conocida, buena, bonita y barata (la colchicina) para disminuir su riesgo un poquito más?
Dejamos esta pregunta abierta y les compartimos la reseña elaborada por nuestra colega.
![]()

