Casco de realidad virtual para evaluar la atención y la memoria en la infancia y la adolescencia: ¿promesa diagnóstica o herramienta complementaria?

Por Diego Terceiro

En los últimos años empezó a crecer la oferta de evaluaciones cognitivas con casco de realidad virtual. La propuesta es atractiva: en lugar de evaluar a un niño sentado frente a una hoja o una pantalla plana, se lo ubica “dentro” de un aula, una casa o una situación cotidiana simulada. Allí debe prestar atención, inhibir respuestas, recordar consignas, organizar tareas y responder frente a distractores. En la evaluación de pacientes con sospecha de trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), dificultades de memoria, impulsividad o problemas de organización, la pregunta aparece rápido: ¿esto mejora realmente la evaluación o solo agrega tecnología?

La idea tiene lógica. Muchas pruebas tradicionales miden bien ciertos procesos cognitivos pero no siempre reproducen lo que sucede en la escuela o en la casa: el niño que sabe qué tiene que hacer pero se distrae; el que recuerda la consigna pero no la ejecuta a tiempo; el que empieza una tarea pero se va por otra y termina sin completar ninguna, etcétera. La realidad virtual intenta mitigar ese problema: genera un entorno más ecológico (al reproducir condiciones de la vida cotidiana), controlado y medible.

¿Qué dice la evidencia?

La evidencia más desarrollada está en el campo del TDAH. Las pruebas tipo aula virtual suelen funcionar como variantes inmersivas de las pruebas de ejecución continua: presentan estímulos visuales y auditivos, agregan distractores y registran omisiones, respuestas ante estímulos que el niño no debería responder (error por comisión), tiempos de reacción, variabilidad de respuesta y, en algunos casos, movimientos de la cabeza o del cuerpo. Esto permite estimar atención sostenida, impulsividad, distractibilidad y actividad motora durante la tarea.

Los resultados publicados son alentadores pero todavía requieren leerse con prudencia. Una revisión sistemática y metaanálisis sobre aulas virtuales en niños y adolescentes con déficits atencionales encontró diferencias significativas entre grupos clínicos (con clínica sugestiva) y controles en identificación de estímulos, errores por comisión y tiempos de reacción. Es decir: estas pruebas parecen captar diferencias atencionales lo que valida la capacidad discriminativa de la herramienta. Sin embargo, esta conclusión no es suficiente para usarlas como única herramienta diagnóstica.

Un ejemplo conocido es AULA Nesplora®, una prueba de atención en realidad virtual desarrollada para niños y adolescentes. Los resultados en estudios disponibles coinciden con evaluaciones tradicionales de atención, como el Test de rendimiento continuo de Conners, y sugieren que puede aportar información adicional sobre distractibilidad, atención auditiva y visual, impulsividad y actividad motora.

El punto crítico es diferenciar capacidad discriminativa de capacidad diagnóstica. Que una prueba diferencie, en promedio, a niños con TDAH de niños sin TDAH no significa que pueda diagnosticar por sí sola a un niño en particular. Hoy en día el diagnóstico de TDAH sigue dependiendo de una evaluación clínica integral: historia evolutiva, síntomas en más de un contexto, deterioro funcional, informes escolares, entrevistas familiares, escalas estandarizadas y descarte de diagnósticos diferenciales. La realidad virtual puede sumar objetividad, pero no reemplaza al razonamiento clínico.

Donde la realidad virtual parece especialmente interesante es en la evaluación de funciones ejecutivas en escenarios cotidianos. Herramientas como “Desempeño ejecutivo en la vida cotidiana” (EPELI, por sus siglas en inglés) simulan situaciones de la vida diaria: el niño tiene que recordar varias tareas, evaluar el orden, manejar el tiempo, evitar acciones irrelevantes y completar objetivos. Esto se acerca mucho más a lo que las familias describen como “no se organiza”, “se olvida de lo que iba a hacer”, “empieza todo y no termina nada” o “no calcula el tiempo”. Esto abre una posibilidad interesante en la consulta: usar estas pruebas para entender mejor el perfil funcional. Un niño puede fallar por distractibilidad, por impulsividad, por baja memoria de trabajo, por pobre planificación, por dificultad para estimar el tiempo o por problemas para sostener una estrategia.

Sin embargo, todavía hay límites importantes: muestras pequeñas, comparación de grupos clínicos con controles sanos y diseños transversales. También falta más evidencia sobre normas locales, validez en distintos idiomas y culturas, rendimiento en niños con ansiedad, trastornos del aprendizaje, trastornos del lenguaje, trastorno del espectro autista o dificultades sensoriales o comorbilidades frecuentes.  Además, no existe información suficiente sobre cómo cambia la decisión clínica cuando se agrega la prueba de realidad virtual a la evaluación habitual.

Otro punto práctico es la tolerabilidad. La mayoría de los niños puede realizar estas pruebas sin problemas, pero algunos pueden presentar mareo, incomodidad visual, ansiedad, rechazo al casco o sobrecarga sensorial. Esto importa especialmente en los más pequeños, con hipersensibilidad sensorial o con antecedentes vestibulares, migraña o dificultades visuales no corregidas. Una prueba tecnológicamente atractiva no siempre es la mejor herramienta para todos los pacientes.

Bajada a la práctica

Entonces, ¿qué lugar puede tener hoy en el consultorio? Probablemente el más razonable sea considerarla una herramienta complementaria dentro de una evaluación neuropsicológica o del neurodesarrollo. Puede ser útil cuando la pregunta clínica es: “¿cómo ‘funciona’ este niño frente a distractores?”, “¿qué pasa cuando debe organizar varias tareas?”, “¿su dificultad principal parece atencional, impulsiva, ejecutiva o de manejo del tiempo?”. En ese contexto, el casco puede aportar información rica y objetiva.

En cambio, sería problemático su uso como única prueba para confirmar o descartar TDAH, trastorno de memoria o trastorno de funciones ejecutivas. El riesgo no es solo sobrediagnosticar o subdiagnosticar, sino confundir un rendimiento puntual en una tarea con el funcionamiento global del niño. La tecnología puede medir muchas cosas, pero el significado clínico de esos datos depende de la historia, del contexto y de la pregunta que estamos intentando responder.

En síntesis

La realidad virtual puede mejorar la validez ecológica de la evaluación cognitiva, porque simula aulas, hogares o tareas cotidianas con distractores controlados.

La evidencia más sólida es en evaluación de atención, impulsividad, distractibilidad y actividad motora, sobre todo en estudios vinculados a TDAH. Para memoria prospectiva, planificación y organización de tareas, la evidencia es prometedora, pero todavía inicial.

No debe usarse como única herramienta diagnóstica: sirve como complemento de la evaluación clínica, neuropsicológica, familiar y escolar.

Antes de aceptar un informe, conviene verificar el nombre exacto de la herramienta, edad para la que está validada, constructos evaluados y estudios de validez.

La utilidad de la realidad virtual está en permitirnos observar de manera más objetiva algo que en la consulta conocemos muy bien: que muchos problemas cognitivos infantiles no aparecen cuando el niño está quieto y concentrado, sino cuando debe actuar, priorizar, recordar, inhibirse y organizarse en medio de un mundo lleno de estímulos.

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